lunes, febrero 23, 2009

Doble perspectiva...


Aún no había cortinas en esa ventana cuando comencé a verle pasar.
Los fines de semana, al despertar, subíamos la persiana y, desde la cama, veíamos los árboles y el camino.
Era otoño y las hojas poco a poco iban dejando desnudos esos árboles que habían sido tan frondosos apenas hacía un mes.
Desde el principio reparé en él.
Ese camino es muy poco transitado y lleva directamente a un caserío desvencijado, al que le faltan tejas y al que le sobra maleza en el jardín.
Él iba en bicicleta, una BH de los años setenta, llena de óxido. Abrió la verja del caserío y entró. Así, fueron sucediendo los fines de semana.
Todos los sábados y domingos, mientras me desperezaba calentita en mi cama, le veía pasar por el camino en su bicicleta.
Después llegaron las cortinas, pero livianas para poder seguir viendo los árboles, el camino y al hombre de la bicicleta.
Llegó la primavera y los árboles comenzaron a llenarse de hojas, y los almendros de flores.
Su caserío seguía igual de viejo pero en el jardín la vida renacía.
Un día subí por el camino y me acerqué a la verja. “Cuidado con el perro” rezaba un cartel atado con una cuerda a la verja. El perro comenzó a ladrar, no le llegué a ver pero sonaba amenazante. Es todo lo que pude ver, el cartel, ni siquiera se veía el caserío desde el camino.
Había mejor perspectiva desde mi cama que desde la verja. Poco a poco, la primavera dio paso al verano, a las cerezas de su huerto, a los higos de esas higueras que se incorporaban hacia el camino y que un día me llamaban a gritos pidiendo ser salvados.
Los higos siempre me recordarán a mi padre.
Algunos días un coche aparca en el camino, alguien se baja y entra en el caserío. Algún amigo. Pero el hombre siempre va y vuelve en su bicicleta oxidada. Una mañana de hace unos días, paseando por el boulevard que da nombre a mi calle, de frente vi venir una bicicleta, una BH de los años setenta, llena de óxido. Subida en ella un hombre canoso, de unos setenta años. Ágil, con una cara amable surcada de arrugas. Al llegar a mi altura pude ver que llevaba un sonotone en la oreja derecha. Una sonrisa sincera iluminó su cara y un hola divertido salió de sus labios. Le devolví la sonrisa y me quedé con las ganas de preguntarle qué perspectiva es la que hay desde su huerto. Desde ese huerto que yo tan sólo intuyo e imagino. Con ganas de preguntarle si sabe que soy yo la que, en algunos días de septiembre, le robo los higos que asoman al camino.

13 comentarios:

Kelo dijo...

La fruta prohibida sabe el doble de bien, no? ;-)

PUNTIYO dijo...

Ay ladrondueza, se lo tenías que haber dicho, seguro que le sobrabann y te los regalaba encantado, pero es verdad que los higos legalizadosya no estarían tan ricos .

AdR dijo...

Cuando llego al final de tu relato...
es cuando esta frase:

"Los higos siempre me recordarán a mi padre."

Cobra el mayor de los sentidos.
Precioso.

Besos.

Camille Stein dijo...

la imaginación que despierta el huerto que no se ve, ahí está la clave... lo que no se percibe, lo que se intuye... el lazo de lo intuido que atrapa aquellos otros recuerdos y los mezcla en fantasías, en misterio... en esta realidad del presente

un beso

Aldabra dijo...

Bueno, Camille, debuto como lectora de tus relatos y tengo que decirte que me ha encantado.

es un relato entrañable, con un toque misterioso... no sé, tiene algo que te da como paz... quizá sea lo que se intuye en la casa con cortinas... calor de hogar... y las bicicletas son como cariñosas ¿no crees?...

me encantaría que continuara y que la mujer hablase con el hombre de la bici.

bicos,

El último samurai bancario dijo...

Hola Camille

Te encontré de casualidad y me ha encantado tu relato.

Te visitaré con más tiempo para leerte.

Saludos

Mónica dijo...

Hola Camille, lindo tu blog, me gustó mucho como escribís. y estoy de acuerdo con Kelo, la fruta prohibida...

bss. Nos vemos.

Camille dijo...

De pequeña robaba cerezas, supongo que algo queda de eso en mí aún hoy, Kelo

Ay, Puntiyo, pero creo que él ya sabía quién era...

AdR. Siempre me pillas en esos rebuncios, en esos atisbos que se me escapan. Besos, sí.

Stein, despierta más interés en mi él que su huerto. Me encantaría charlar un día con él, ayudarle a recoger tomates o lo que haga falta. Incluso ir a su lado a pasear...

Aldabra, se lo diré a esa mujer. A ver si se anima a decirle algo algún día ;)

Samurai, ha sido el azar, seguro!. Me he pasado por tu blog, nos vemos!

Mónica, gracias!. También me he pasado por tu blog, muy bonito relato y nos vemos, sí.

lalodelce dijo...

Invítalo a comer una tarta de higos, así tú y tu marido escuchan su historia, y quién dice hasta se hacen de un buen amigo-vecino.

Raúl dijo...

Esos robos son veniales, mujer. Sobre todo si se cuentas de este modo tan hermoso.

Camille dijo...

uhmmm tarta de higos? qué rica! laloldelce, no tendrás alguna receta que no sea con yeso ;) ? ja ja ja ja

Raúl, tú sí que cuentas bien las cosas..

joanet dijo...

Si va con una BH oxidada y lleva puesto sonotone, no te quepa la menor duda que es un buen tipo y un buen vecino.
Otra cosa sería que fuera en un Megane y llevara unas Oakley apoyadas encima de la frente, Camille.

AliaS dijo...

una bruma matinal con el sol al fondo aquí.
y sin embargo sintiendo esas vivencias, gustoso de leerte. una delicia caminar por aquí.

me dejas el corazón lleno...

bss